Sylvia Ramírez Rueda es una Conferenciante internacional de liderazgo y marca personal de origen colombiano. Es autora de los libros: Felicidad a prueba de oficinas (Planeta, 2017) y Manifiesto de Felicidad (Planeta, 2020) 

Experta en liderazgo, coach de vida, autora especializada en felicidad e inspiradora de marca personal… ¿Cómo te gusta definirte? 

Como una curiosa profesional. Desde pequeña he sentido fascinación por entender la forma de pensar y los patrones de conducta que hay detrás de las personas normales que tienen resultados extraordinarios.  

Con el tiempo fui llegando a la conclusión de que gran parte de la felicidad que percibimos en las personas más inspiradoras, así como buena parte de la capacidad de influencia de las marcas personales que más admiramos, obedecen a una misma cosa: una estrategia sólida de liderazgo personal, que por regla general incluye un fuerte componente espiritual (no necesariamente religioso). Mi curiosidad, naturalmente, no se ha satisfecho, así que la investigación continúa. 

Háblanos de tu nuevo libro… ¿Cómo nació el Manifiesto de Felicidad? 

El Manifiesto de Felicidad es un compendio de liderazgo personal para gente que no se resigna. Contiene los ocho pilares sobre los que, en mi opinión, se estructura el esquema de pensamiento de las personas que se han resuelto a ser felices y ofrece tanto ejercicios como herramientas prácticas para hacernos mejores preguntas y comenzar a tomar mejores decisiones de vida. 

Este nuevo libro nació de mi necesidad de desarrollar una ideología de felicidad (con estructura y método) luego del éxito que tuvo el primero, “Felicidad a prueba de oficinas”, que es un manual de supervivencia emocional para gente en edad productiva, y que nació en respuesta al hecho de que un altísimo porcentaje de las denuncias de infelicidad que recibo a diario en mis redes sociales están relacionadas de alguna manera con el trabajo (“odio a mi jefe”, “mi trabajo no me hace feliz”, “no encajo dentro del equipo”, etc.). El libro es una propuesta de solución a esa desazón profesional persistente. 

En resumen, tanto el Manifiesto de Felicidad como Felicidad a prueba de oficinas llevan un mismo hilo conductor: la importancia de dejar de ver a la felicidad como una meta lejana y, al contrario, la conveniencia de empezar a sentirla como una decisión. Desafiante, por supuesto, pero posiblemente, la mejor decisión. 

¿Cómo has experimentado tu recorrido profesional hasta ahora? ¿Qué te ha llevado a investigar sobre el bienestar y la felicidad? 

Mi motor para dedicarme a investigar la felicidad ha sido mi propia infelicidad. Desde la niñez he tenido que lidiar con un carácter melancólico que me llevó a consultar con varios expertos. 

Lamentablemente no tuve éxito en esa búsqueda inicial. Siempre me pasaba lo mismo: después de cada proceso terminaba sintiéndome experta en por qué estaba mal, pero nunca conseguí una herramienta para empezar a estar bien, así que decidí desarrollar mi propio método y eso es lo que enseño ahora, siempre con una aclaración muy importante: la psicología y la psiquiatría son ramas de la ciencia. El coaching, en cambio, es un modelo de conversación orientado al liderazgo y, por lo tanto, jamás será una alternativa terapéutica a la psicoterapia.  

En mis interacciones insisto con mucho énfasis en esto porque la salud emocional es un asunto muy delicado que requiere un tratamiento científico riguroso y los coaches no tenemos ni el conocimiento ni la autorización legal para intervenir en casos clínicos. Teniendo en cuenta que esta disciplina está muy de moda, hacer esta precisión es vital. 

Tu comunidad en redes sociales se muestra muy comprometida con tus mensajes ¿Por qué crees has logrado conectar con tantas personas? 

Porque aun cuando no tengo el gusto de conocer a cada miembro de mi comunidad, sé que hay algo que ellos y yo y en general la inmensa mayoría de personas tenemos en común: en el fondo todos queremos ser felices. Lo queremos, aunque mucha gente prefiera no pronunciar siquiera la palabra “felicidad” como un propósito en su vida. Hagamos una revisión rápida: ¿qué tienen en común una persona que va donde un guía espiritual, otra persona que se matricula en la universidad y otra que entra a un casino? Que todos creen que al salir de ahí serán más felices. Por esa convicción que tengo de que la felicidad no es sólo una inclinación, sino que es en realidad la causa de muchas de las cosas que hacemos, los contenidos que comparto en mis redes están siempre enfocados al fortalecimiento personal. Supongo que ese lazo que nos une es la razón por la cual tengo la fortuna de recibir tanta simpatía de parte de la audiencia. 

¿Cuál es el mayor reto de enseñar a las personas a pensar distinto? 

Encontrar las palabras para hacer sencillo algo que por definición es complejo, como es el caso del mundo interno de un ser humano.  

Por lo que ha sido mi experiencia profesional estoy convencida de que las personas sí podemos cambiar (¡claro que podemos cambiar!), pero el cambio sólo será genuino y duradero si uno entiende lo que está haciendo y si está convencido de las bondades de hacerlo. En mi trabajo las palabras son definitivas: crean realidades, desvanecen mitos, detonan emociones. Por eso siempre me esmero en elegirlas con mucho cuidado. Una pregunta bien formulada en el contexto preciso, por ejemplo, puede hacer que una persona sea capaz de empezar a confiar en sí misma como nunca había podido hacerlo en años.  

¿Cómo fue la experiencia de ser invitada por el gobierno de tu país para ayudar a los ciudadanos a afrontar la pandemia?  

Fue muy emocionante. Estaba en el mercado cuando recibí una llamada: “señora Ramírez, el señor Presidente tiene el gusto de invitarla a la emisión del programa de esta noche”. Aun cuando no tengo ningún vínculo con el gobierno, para mí fue un momento memorable porque tuve la ocasión de dirigirme a millones de compatriotas a la vez. Hablamos sobre la importancia de las relaciones interpersonales durante el confinamiento y, aunque fue una conversación muy corta, significó mucho para mí porque, bueno, ¡no todos los días te llama el Presidente de tu país para que des un mensaje de optimismo a tus paisanos! El video de recuerdo está en mi canal de YouTube. 

¿Cómo extrapolas tu experiencia enseñando a las personas a ser más felices en las oficinas a la situación actual de teletrabajo y pandemia? 

La consigna general es la misma en ambos contextos: la clave está en administrarnos mejor. Nuestra energía, nuestra atención y nuestro tiempo son recursos que si administramos con un poco de estrategia pueden cambiar nuestra vida para siempre y para mejor. 

Tanto en la oficina como trabajando desde casa, saber a qué dar importancia y qué pasar por alto, saber en qué vale la pena invertir nuestro esfuerzo y de qué desistir, saber a qué prestar atención y qué ignorar (por ejemplo, en las redes sociales, donde hay tanta información disponible), son habilidades que pueden marcar la pauta de una vida más feliz.  

Como es obvio, decir estas cosas es mucho más fácil que llevarlas a cabo porque exigen un grado alto de autoconocimiento y de amor propio, pero quisiera, sin embargo, destacar dos cosas: una, que sí se puede ser feliz en cualquiera de esas dos circunstancias (oficina o teletrabajo), y la otra, que ya que nuestra vida está compuesta esencialmente por las decisiones que tomamos (no sólo las decisiones trascendentales sino las pequeñas cosas del minuto a minuto), comenzar a tomarnos a nosotros mismos más en serio y ser más escrupulosos con el uso de nuestra energía y nuestro tiempo puede revolucionar por completo nuestra cotidianidad. 

¿Cuáles consideras son los valores/competencias más importantes para los entornos laborales del futuro? 

Tres, esencialmente: Preferir la capacidad de pensar con claridad antes que querer acumular conocimientos de muchas cosas sueltas. 

Preferir el equilibrio por encima de la velocidad: de nada sirve conquistar muchas metas muy rápido si no tenemos un sentido de balance interno (este es uno de los ocho puntos del Manifiesto de Felicidad). 

Fortalecer, sentir realmente y poner de moda solidaridad como estilo de vida porque la consigna de “sálvese quien pueda” sale muy cara, tanto en las organizaciones como a nivel global. 

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